A poco de reinstalado en tierra de los Huancavilcas recibió el Inca gravísimas noticias procedentes del Cuzco. A consecuencia de una rara “pestilencia” habían muerto allí los integrantes más ilustres de su panaka, entre ellos los príncipes que dejara gobernando en su nombre. Calificamos de rara esa “pestilencia” pues atacó únicamente a los pachacutinos, según citaron varios cronistas: al Inca le llegaron nuevas de gran tristeza y sentimiento, de cómo en el Cuzco había pestilencia y que de ella eran muertos Auqui Topa Inca, su hermano, y Apo Hilaquita, su tío, y su hermana Mama Coca y otra cantidad de señores de su linaje (Murúa, 1962: 103); le llegaron nuevas de mucha tristeza en que le avisaban del Cuzco cómo en él había una general e irremediable pestilencia, de la cual había muerto Auqui Topa Inca su hermano y Apo Hilaquita su tío, gobernadores que había dejado en el Cuzco al tiempo de su partida, y su hermana Mama Coca, y otros principales señores de su linaje (Cabello Valboa, 1951: 393); supo cómo en el Cuzco había gran pestilencia de que eran muertos los gobernadores Apo Hilaquita, su tío, y Auqui Topa Inca, su hermano, y su hermana Mama Coca, con otros muchos parientes suyos (Sarmiento, 1942: 149). Esta Mama Coca posiblemente fue hermana de Palla Coca madre de Atahuallpa, y pudo tratarse de Tocto Coca, esposa de Yamque Yupanqui.

No resulta aventurado suponer que esa rara “pestilencia” fuese más bien un golpe de estado, pues sólo así podría comprenderse que muriesen únicamente los más connotados miembros de la panaka de Pachacuti. Yamque Yupanqui, jefe de la misma, debió figurar también entre las víctimas, pues las crónicas no volvieron a citarlo. De haber sido así, lo sucedería Cusi Yupanqui, quien en tan adversa coyuntura debió actuar con tiento para no caer en desgracia.

Todo indica que por ese tiempo, aprovechando la prolongada ausencia del Inca, se habían fortalecido los Hurin en el Cuzco, conspirando con entera libertad. Todo les pareció válido a los Hurin en la lucha por el poder, ya que se aliaron con los Hanan de la panaka de Túpac Inca Yupanqui, que postulaba a Huáscar para la sucesión. Posiblemente participaron de esta alianza otros Hanan descontentos con el Inca, como fue el caso de Apo Challco Yupanqui, integrante de la panaka de Viracocha, quien con apoyo Hurin recuperó su puesto de Sumo Sacerdote, despojando del cargo a Titu Atauchi que quedara en representación de Huayna Cápac. Los Hurin recuperaron por su parte el control del clero solar, reapareciendo Rupaca, dirigiéndolo. Los pachacutinos, cuyos principales representantes acompañaban al Inca en el Norte, no pudieron contener ese transtorno, optando por una aparente neutralidad para evitar ser aniquilados. Es muy posible que en secreto trasmitiesen informes al Inca poniéndolo al corriente de los avances sediciosos en la capital, ante lo cual Huayna Cápac decidió el retorno inmediato poniendo su pensamiento en la orden que se había de tener para la creación de un nuevo gobierno (Cabello Valboa, 1951: 393).

Procedentes del Norte llegaron paralelamente otras preocupantes nuevas. Gentes nunca antes vistas se acercaban a los confines septentrionales del imperio. Las noticias posiblemente se referían a los expedicionarios de Pascual de Andagoya o Francisco Pizarro. De no haber mediado los graves sucesos del Cuzco, seguramente Huayna Cápac se habría interesado en saber algo más de esos extraños invasores. Pero no pudo poner su atención en ello y dejó la tierra de los Huancavilcas, siguiendo hacia el río Guayaquil para pasar a Molleturo.

Su intención era llegar a Quito para dictar las disposiciones relativas al adecuado gobierno de la región. Pero a medio camino, inopinadamente, cayó gravemente enfermo, y tras varios días de agonía acaeció su muerte, en un pueblo llamado Pisco (Murúa, 1962: 103). Desde allí su cadáver sería conducido a Quito. Esto debió suceder a finales de 1527.

Según casi todas las crónicas, el Inca murió víctima de una peste de viruela o sarampión, que propagada por los españoles desde las comarcas de Chochama y Birú aniquiló a muchos nativos, no inmunizados contra esos males. Sin negar la existencia de esa peste, nos permitimos dudar de que Huayna Cápac muriese a consecuencia de ella, planteando más bien la probabilidad de que fuese víctima de un asesinato político. Los Hurin que lo acompañaban habrían considerado su regreso al Cuzco como un peligro mortal para el proyecto sedicioso allí iniciado, en razón de lo cual consumarían el regicidio, tan común por lo demás en la historia política incaica.

Varios hechos extraños se sucedieron entonces; concatenándolos, la sospecha de un crimen político adquiere consistencia. Muy extrañamente la muerte del Inca se produjo paralela a la de su principal opositor político, Michi Naca Mayta, jefe de los Hurin en el Norte, quien murió también víctima de la tan mentada “pestilencia” (Santa Cruz Pachacuti, 1927: 216). Ahora bien, ¿cómo explicarnos que de los muchos personajes de importancia actuantes en el Norte, sólo muriesen el Inca y su rival más notorio? ¿Cómo así evitaron el contagio todos los demás orejones, Hurin y Hanan, que rodearon al Inca en sus últimos momentos, requiriéndolo de continuo para que definiese lo relativo a la sucesión? Las crónicas hablaron de muchos muertos, pero muy raramente de los principales orejones sólo Huayna Cápac y Michi Naca Mayta fueron mencionados, además del recién nacido Ninan Cuyochi, cuya muerte debió también ser también consecuencia de la enconada lucha política.

La única variante la ofreció el cronista Borregán, quien recogiendo algunos testimonios en Quito, escribió que murió Huayna Cápac de una enfermedad que le dio muy recia, que debía de ser perlesía (1968: 469). Este dato podría abonar la posibilidad de un envenenamiento, ya expuesta por Waldemar Espinoza Soriano, quien mencionó como regicida al chachapoyano Chuquismio (1967: 227).

Decíamos que la agonía del Inca fue prolongada, con momentos alternados de lucidez y desvarío en medio de la presión y pugna de los orejones porque definiese la sucesión. En esa coyuntura se evidenció claramente la irreconciliable lucha entre los Hurin y los Hanan, con el agravante de que una panaka Hanan, la de Túpac Inca Yupanqui, hizo causa común con los Hurin. Jefes de esa panaka en el norte eran Xauxi Huallpa y Amurimanchi, hermanos de Rahua Occllo, madre de Huáscar y al parecer favorito del Inca desde la muerte de la coya. Se entiende así que ambicionando tener en el poder a un pariente, hiciesen traición a los Hanan, que desde siempre habían apoyado la candidatura de Atahuallpa. Todo parece señalar que los rebeldes del Norte actuaron siguiendo órdenes puntualmente transmitidas desde el Cuzco.

Rodearon al moribundo Inca tanto sus viejos partidarios como sus más conspicuos opositores, en tanto que los jóvenes comandos del ejército, recientemente promovidos, hicieron compañía a Atahuallpa, quien se mantuvo totalmente al margen de las juntas que discutían la sucesión. Es bastante probable que abrigase confianza en su elección, por varias razones. En primer lugar estaba su calidad de príncipe pachacutino, como lo habían sido todos los emperadores del Tahuantinsuyo, hegemonía que Huayna Cápac tuvo en mente preservar; y luego su fama de valiente guerrero, ganada en las campañas del Norte, con lo cual logró el aprecio y la adhesión de los comandos del ejército, grupo de poder por excelencia. De los candidatos a la sucesión era incontestablemente el más apto, pero esta vez concurrían circunstancias anormales que ponían en peligro su aspiración.

El hecho de que Huayna Cápac, al ser requerido para proponer sucesor, mencionase a Ninan Cuyochi, un hijo suyo nacido sólo un mes antes, habla a las claras de su perturbación, pues de otro modo no se explica que un estadista de sus cualidades azuzase la lucha por el poder con tan desatinada elección. Lo cierto es que el niño apareció muerto, tal vez envenenado, quedando sin efecto la infortunada propuesta.

Pero debió tener mayores momentos de lucidez, si se considera que en tan difícil trance nombró como único regente del imperio a Colla Topa, prominente Hanan que había sucedido a Auqui Toma como comandante general del ejército (Herrera, 1945: 282). Similarmente acertado estuvo al despojarse de su calidad de Sumo Sacerdote, nombrado para el cargo al Hanan pachacutino Cusi Topa Yupanqui, uno de sus salvadores cuando el atentado de Carangue. Y seguramente a sugerencia de ambos fue que sólo unas horas después de la malhadada mención a Ninan Cuyochi, convocó a todos los orejones para anunciarles solemnemente que el escogido para la sucesión era Atahuallpa.

Debió contar ello con la aprobación mayoritaria, ya que los señores fueron al aposento de Atahuallpa al cual dijeron que era señor y reverenciándole como a tal (Betanzos, 1987: 200). Pero increíblemente Atahuallpa rechazó el nombramiento. Es posible que lo hiciera significando que su padre aún vivía y que no podía descartarse su recuperación. Lo cierto es que no aceptó el tratamiento de Inca y ello fue suficiente para que los Hurin propusieran entonces la candidatura de Huáscar, con tanta insistencia que el Inca solicitó el parecer del Sumo Sacerdote. Las crónicas hablan de que se hizo la callpa por Huáscar, resultando adversa. Debemos entender esto como una negativa rotunda de los Hanan, a quienes el Sumo Sacerdote habría consultado el caso. De cualquier forma, retornaba Cusi Topa Yupanqui ante el Inca con la respuesta cuando lo encontró muerto.

Se reunió entonces el consejo de los principales orejones, presidido por Colla Topa, en su condición de regente y por Cusi Topa Yupanqui, Sumo Sacerdote, concurriendo Illa Tunqui, Atau Rimachi, Huachao Topa Yupanqui y tres o cuatro capitanes que figuraron como testamentarios de Huayna Cápac, entre los cuales debe considerarse también a los Quipucamayos. Este consejo acordó ocultar la muerte del Inca hasta que se definiese la sucesión a fin de evitar las novedades y alteraciones que solían acudir a tales coyunturas (Cabello Valboa, 1951: 394). Acordó asimismo trasladarse al Cuzco acompañando la momia del Inca, pues la elección del sucesor debía realizarse en la capital. Y designó al cuzqueño Auqui Hualtopa como gobernador principal en el norte, con sede en Quito. Pero este acuerdo no fue respetado o ni por los Hurin ni por los miembros de la panaka de Túpac Inca Yupanqui, que remitieron chasquis al Cuzco con la falsa noticia de que Huayna Cápac, al momento de expirar, había designado a Huáscar para sucederle. Exigieron la oficialización inmediata del nombramiento y hasta escogieron para esposa principal de Huáscar a su hermana Chuqui Huipa, hija también de Rahua Ocllo, quien apoyó decididamente el proyecto. Adviértase el afán de los rebeldes por copar el poder: la pareja Huáscar- Chuqui Huipa, de la panaka de Túpac Inca Yupanqui, pretendiendo desplazar a la pareja Atahuallpa-Cusi Rimay, de la panaka de Pachacuti.

Es muy probable que varios de los partidarios de Atahuallpa no advirtiesen el transtorno, porque sin mayores recelos se prepararon para marchar al Cuzco. Cusi Topa Yupanqui sería de éstos, ignorando que en la capital su puesto de Sumo Sacerdote había sido asumido por Apo Challco Yupanqui, interesado partidario de Huáscar. El único veterano que pareció prever lo que ocurriría fue Colla Topa, quien participó sus sospechas a los principales comandos del ejército, sugiriéndoles proclamar a Atahuallpa por nuevo emperador: Illa Topa -así lo llama Cieza- no fue leal a Huáscar... porque dicen que andaba en tratos y secretas pláticas con Atahuallpa, que entre los hijos de Huayna Cápac mostró más ánimo y valor...Habiéndosele dejado por gobernador... ofreció favorecer a Atahuallpa que ya por todo el real era tenido por señor (1880: 267).

Pero aunque presionado por Colla Topa, Apo Quisquis, Challco Chima, Rumi Ñahui, Aclla Huallpa y Zopezopahua, vale decir, por todos los principales jefes del ejército, Atahuallpa no aceptó esa proclamación, prefiriendo esperar lo que decidiese el consejo de orejones que se reuniría en el Cuzco. Creyó, tal vez, que la sola presencia de los veteranos pachacutinos acallaría toda oposición en la capital. Mas, en previsión de cualquier contingencia, decidió no moverse de Quito, quedándose con él los fieles pachacutinos: cien señores de la ciudad del Cuzco, deudos suyos todos (Betanzos, 1987: 201). Quedose también con el grueso del ejército, pues para protección de la comitiva que conduciría la momia de Huayna Cápac se designaron sólo escogidas tropas. Pero Colla Topa decidió marchar al Cuzco, para defender allá los derechos de Atahuallpa, acompañándolo otros varios jefes Hanan.

Despidió Atahuallpa el cadáver de su padre con una bien concertada y lastimosa plática, tal que a todos aumentó el dolor, y en suma dio a entender que no quería desamparar aquellas provincias donde su padre había nacido y muerto (Cabello Valboa, 1951: 3944). Tal fue el pretexto para no viajar al Cuzco. Cabe consignar que con Atahuallpa quedó Vila Oma, un joven sacerdote de los progresistas, que habría de tener rol protagónico en la historia posterior. Y la comitiva fúnebre se puso en marcha, presidida por Cusi Topa Yupanqui y el Capitán General Colla Topa. En Tumipampa, acatando un mandamiento antelado de Huayna Cápac, se procedió a enterrar sus vísceras y su corazón, patético ritual al que precedió el voluntario suicidio y la forzada muerte de cuatro mil servidores, entre mujeres, soldados y esclavos, los que fueron enterrados con él en la creencia de que así podrían seguir sirviéndolo en otra vida (Cieza, 1880: 263).

Por esos mismos días llegaron a Quito emisarios tumbesinos informando sobre la presencia de gentes extrañas en la costa. Contaron que apareció sorpresivamente en el mar un gran navío, del cual bajaron a tierra hombres de rara apariencia, varios blancos, barbados, con extravagante atavío, y uno negro, casi desnudo, hablando una lengua desconocida y realizando prodigios con armas nunca antes vistas. Dijeron que los recibieron de paz y que luego ellos se volvieron a la mar en el gran navío, desapareciendo tan sorpresivamente como habían aparecido. Lo que despertó la curiosidad de Atahuallpa fue saber que algunos de esos extraños visitantes se habían quedado en Tumbes. En un principio se les creyó enviados de los dioses, pero luego los conocieron como simples hombres, con mayores defectos que virtudes, porque fueron acusados de haraganes, ladrones, irreverentes y lascivos. Consultado Atahuallpa sobre qué se haría con ellos, respondió que los sacrificasen al dios Pachacámac. Así, ninguno de los temerarios españoles -que tales eran- quedó con vida; y no se habló más del asunto, porque el interés supremo en esos días guiaba el pensamiento al Cuzco, donde se decidiría la suerte del imperio.

Fuente: Luis Guzmán Palomino , Luchas Dinásticas y Guerra de Panakas


· · ·

NUBE DE TAGS :

Tahuantinsuyo Ayllu, Familia y Tierra Incas Guerras y Luchas Dinasticas Historia del Peru Guerras civiles entre invasores del virreinato Invacion Española a los Andes Cusco Atractivos Turisticos Iglesias y Conventos Museos Calles y Barrios Tradicionales

· · ·